Felicidades futboleras

Rol y Estrategia

Lunes. 8 a.m. Los edificios empiezan a llenarse con los trabajadores, pero para nada son los hombres grises de los que hablaba Michael Ende en Momo. La gente se saluda con cordialidad:

-Felicidades.

-Gracias, hombre.

¿Es que se han conjuntado las estrellas y la mitad de la población de la ciudad nació el mismo día? No, para nada. Es el fútbol. El Sevilla ha ganado la Copa del Rey, y está demostrando que es merecido el premio que le dieron el año anterior como el mejor equipo de fútbol del mundo.

Pero yo estoy harto. Y no se debe a que sea de una afición futbolística o de otra, a que, como estoy estudiando hasta los fines de semana, el ruido de la celebración del sábado apenas me haya dejado dormir. Tampoco se debe a que amigos míos béticos me hayan llamado o enviado mensajes para felicitar a mi padre porque su equipo (atención al posesivo, decimos su equipo, y no es de él, no es su propiedad, ni siquiera está abonado) ha ganado la Copa del Rey. Estoy harto por la diferencia de trato.

Este año ha sido el trigésimo aniversario del estreno de una película que cambió mi vida, hasta el punto de marcar mi vocación cinematográfica (bueno, siendo justos, fue su continuación, pero menciono esto entre paréntesis para que mi discurso no pierda efectismo). Mi director favorito vivo ha estrenado película después de cinco años. Pero nadie me ha dicho:

-Antonio, felicidades.

En este país hay aficiones de primera y de segunda clase. Está claro cuál está por encima de las demás, con preferencia VIP. Las calles se paran para que la gente pueda concentrarse, la gente gasta más de quinientos euros para poder ir a ver un partido de poco más de dos horas (soy generoso e incluyo el descanso). Y te miran raro porque te gastes cincuenta en un libro de importación, con una pasta dura e ilustraciones a color exquisitas. Se pintan y disfrazan para ir al fútbol y se ríen de los que se visten como tropas de asalto en una convención de la guerra de las galaxias. Alaban a los que saben cuántos goles ha marcado su equipo en suma en un campo de fútbol extranjero completo, y se descojonan de los que aprenden a hablar esperanto (y eso teniendo en cuenta que sepan qué es el esperanto).

Pertenecemos a esa segunda clase. Eso lo tengo claro, y creo que a nadie le sorprende al haberlo leído en este artículo. Sólo puedo pedir, en mi caso, llevarlo con dignidad.

Estoy harto. No voy a felicitar a nadie. Ni a mi padre, ni a mi abuelo, ni a ninguno de mis amigos. Pero eso no implica que vaya a ser desagradable, sino que cuando alguien me comente:

-¿No me felicitas?

Mi única respuesta válida será:

-¿Por qué?

Antonio Roda Martínez.

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