Presentación e inicios personales (y 2)
La llegada del HeroQuest supuso un cambio en la modalidad del juego. Para mí, tener que preparar las partidas.
Las vacaciones, fueran cuales fueran, representaban el momento álgido de juego. No teníamos edad para salir, o eso nos decían nuestros padres, y nuestra credulidad conducía por el camino del juego. Así que fue en unas vacaciones cuando conocí el rol.
Fue en Semana Santa del 92. Un vecino, de otro bloque, llamémosle R., me insistió en que tenía que probar un nuevo juego. Nos estábamos yo hacía casi un año que me había terminado de leer El señor de los anillos, ¡y resulta que había un juego de ese tema! Para mí, que había inventado la ficha del Balrog en HeroQuest (algo de lo que no estoy orgulloso, pues consistía en hacer el bicho más poderoso de todo el juego), podía suponer una revelación. Y lo supuso.
El primo de un vecino suyo (sí, parece el discurso de una leyenda urbana, el del amigo de un amigo que…) había venido de Barcelona, y traía el juego de allí. Cuando nos dispusimos a jugar, nos quedamos maravillados. ¿Cómo íbamos a jugar con un libro? ¿Sin miniaturas? ¿Que teníamos que confiar en una descripción? Y a la hora de ver a quién íbamos a llevar, ¡qué compleja era la ficha y la generación de personaje (para todos los que hayáis jugado a ese juego, sabréis que es de los más complicados; ahora sumad el hecho de que era el primero). Yo, por supuesto, me hice el mago del grupo, y nos sumimos en la aventura que nos había diseñado. Fuimos a una cueva, rescatamos a una mujer, hablamos con ella (se podía hablar… ¡¡¡¡¡OOOOOHHHHHHH!!!!!), volvimos al pueblo, y al final nos emboscaron muriendo la mayoría. Todos salimos enamorados de la experiencia, había que repetirlo. No era mi bloque de pisos, pero me iba a convertir por unos años en uno más, se había fraguado mi primer grupo de juego.
Al volver a casa, tocaba convencer a mis padres de que me lo regalaran. No El señor de los anillos, sino otro juego de rol. Un miembro del grupo se lo había fotocopiado, por lo que no haría falta que yo también dirigiese al mismo juego. Hicimos un pacto de que cada uno elegiría un juego y así tendríamos variedad. ¿Pero dónde comprarlos?
Tardé dos meses en enterarme de la existencia de las librerías especializadas, y cuando descubrí una, Elecktra comics, fui flechado a ver qué juegos de rol había en ella. Pero no sólo juegos de rol, también había comics (entonces no diferenciábamos manga de otros comics, entraba todo en el mismo saco), juegos de mesa, literatura fantástica… y hasta una revista sobre los juegos de rol que se llamaba Líder. Yo fui a la tienda con dinero para un libro, con la idea de comprarme el Advanced Dungeons & Dragons, que era lo que me habían aconsejado, pero una vez en la tienda no sabía qué hacer. Había otro juego medieval, con un demonio cuyo segundo rabo se veía descomunal (el nombre lo miré luego, pero creo que por la época recién había visto Urotsukidoji), otro con un bicho gusanoide llegando a un coche antiguo, y los libros que yo iba a buscar. Pregunté entonces al dependiente:
-Perdone, ¿cuál de los libros debo comprar para jugar al rol?
Y tras una gran espera de que terminase de comentar una anécdota a su amiga, me respondió:
-El que quieras.
-Sí -y con un tono de voz casi inaudible porque un librero especializado se había dignado a hablarme proseguí-, pero es que de Advanced Dungeons & Dragons veo dos libros, uno que pone Manual del Jugador y otro que pone Guía del Dungeon Master.
-¿Y?
-¿Que cuál tengo que comprarme?
-No sé, yo de eso no entiendo- siguió hablando con su amiga.
¿Qué comprar? En tres días me iba de viaje, y esta podía ser la decisión más importante de mi vida. Entonces vi que tenía sin colocar otro juego de rol, casi recién llegado. Se trataba de Star Wars, y mi película favorita era El imperio contraataca. No pude resistirme.
Ese verano, en Lagos de Sanabria (Zamora) dirigí por primera vez al rol.