Presentación e inicios personales (1)

Rol y Estrategia

Cuaderno de bitácora. Año frikie número 29. Bueno, no exageremos…

No, no nací friky. El friky, ¿nace o se hace? ¿Soy verdaderamente friky? ¿Porque esté de moda voy a tener que usar esa expresión? Vale, siempre me han dicho raro. Leía cómic. O mejor dicho, no dejé de leerlos. Me enganché a la literatura fantástica… ¡y la comentaba con mis compañeros de clase! Jugaba al rol… ¡ALTO! No quiero llegar tan pronto ahí. Quiero ACABAR hoy por ahí.

Antes yo era raro, pero esa palabra tenía demasiadas connotaciones negativas. Era raro porque prefería ver por decimocuarta vez El imperio contraataca en lugar de bajar a jugar al fútbol. Era raro porque no me divertían muchos juegos que debían divertirme. Sólo que ahora he dejado de ser raro para ser friky. Bueno, hay que asumirlo. Se ha cambiado una palabra por otra. ¿Es un insulto? ¿Es un piropo? Bueno, depende de quien lo diga. Exactamente como cuando me dicen raro. No voy a entrar en luchas semánticas, de si es o no necesario que me llamen así. Soy friky porque pertenezco a un colectivo, con aficiones comunes. Nos estamos convirtiendo poco a poco en una tribu urbana, eso está claro, con sus subtipos. Y cuando alguien me dice: “¿Qué clase de friky eres tú?”, yo respondo: “Friky generalista”.

El camino para convertirse en friky es largo, y bastante dificultoso. No voy a hablar más que de lo que sé, y es de mí. ¿Ego? Está claro. ¿No significa acaso Ego yo? Pues eso, voy a hablar de Ego, voy a hablar de mí.

Tardes lluviosas. ¿Otoño? ¿Primavera? Da igual. En esas tardes no había excusas, mis vecinos y yo no podíamos jugar al fútbol, y sólo podíamos quedar en casa de alguien a jugar al Imperio Cobra, o al Cluedo, o al juego de mesa que estuviese de moda. Y cuando no se podía en una casa, bajábamos al portal. Y cuando no había juegos, bajábamos con nuestros juguetes, mezclando muñecos de distintos tamaños, los de Star Wars de Kenner con los Clicks de Playmóbil. Los Master del Universo (en realidad los llamábamos los He-Man) con los superhéroes de Secret War. Los GIJoes con los Transformers (y cuánto gozo infantil cuando en nuestras manos cayó el crossover de GiJoes y Transformers). Nuestra imaginación tenía que solventar conflictos como quién vencería a quién, si Skeletor a Flash o cómo resolver un combate entre el barco pirata de Playmóbil y el poblado de los Ewoks.

Alternativamente, íbamos intercambiando lecturas. Cómic (yo compraba salteado, y nunca pude seguir una línea continuada porque al año no caían en mis redes posesivas más de tres), libros (sobre todo de Elige tu propia aventura), juegos de ordenador (el Spectrum…)… hasta que llegó el juego que todo lo cambió. Fue en el 89, a punto de cumplir los 11 años. Mis padres me regalaron el HeroQuest, cuando estaba intentando leerme El señor de los anillos.

Para quien no lo conozca, el juego consistía en que un jugador iba a llevar a los malos, y los otros jugadores a los buenos, llevando cada uno de los buenos a un personaje. Los jugadores buenos habían bajado una escalera, que les llevaba a una mazmorra (dungeon) donde tendrían que explorar encontrándose con esqueletos, orcos, la temible gárgola y el malvado nigromante. ¿Qué objetivo tenían los buenos? Limpiar la mazmorra de escoria malvada. ¿Y el malo? Que murieran los buenos.

Y había ampliaciones. Una con más esqueletos y otra con más orcos. Era fascinante, ¿había algo mejor? (Continuará).

Antonio Roda Martínez

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